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El Baile del Perol - Historia
Hace muchos años, hubo un determinado momento en que el Concurso Nacional de la Marinera estaba en peligro de desaparecer. Los organizadores del certamen no contaban con los medios económicos necesarios para llevar a cabo la renombrada cita del baile norteño. La picardía, el coqueteo y el salero del tradicional baile del Perú, cuyo nombre nace en los tiempos de la Guerra del Pacífico, no podía dejar de ser apreciado año a año por cuestiones monetarias. Es a grandes problemas que nacen las grandes soluciones. Inspirada por el destino y por el espíritu de nuestras pasadas generaciones, guiada por nuestros antepasados moches, guerreándole a la mala hora que se abatía sobre el concurso, es que doña María Luisa Ganoza de Pinillos, cultora del baile y promotora del mismo, así como del certamen anual, tiene una excelente idea, casi una visión. Organizó un baile para recaudar fondos. Pero no un baile común y corriente, donde los asistentes concurrirían a danzar y tomar bebidas espirituosas sin son ni ton. Esta sería una reunión especial, que marcaría el inicio de una tradición que se mantiene al día de hoy, y que tiene para largo, además de ser el complemento perfecto al Concurso Nacional de la Marinera. Gracias a esta dama trujillana, nace el Baile del Perol.
En el centro del local donde se realizó el primer baile, se colocó un brillante, reluciente y primoroso perol, que refulgía como el sol de esta tierra maravillosa, del Trujillo de nuestros amores. En su interior, acabados de cortar, frescos como la brisa de Huanchaco, relucían unos hermosos claveles. Las damas trujillanas que asistieron al baile, salerosas y con la picardía en la mirada, tal cual las danzantes de la Marinera, se acercaron una a una hasta el perol, tomando un clavel en su mano. Luego, se acercaron hasta un caballero, designado a libre elección de ellas, y le entregaron el clavel. El caballero, afortunado y agradecido por el gesto, asumía al momento de recibir el clavel, dos obligaciones: la primera, de ir hasta el perol y depositar una contribución económica para los fondos del concurso, y, en segundo término, bailar con la dama que lo había honrado con la entrega del clavel. De más está decir que la contribución entregada no debía de ser unas cuantas monedas, o un monto menor. La contribución debía ser generosa, sin llegar a sumas exorbitantes. La generosidad de los caballeros trujillanos, que no deseaban ver perdida la tradición de los chalanes vestidos de blanco bailando marinera con las bellas damas, trujillanas, mocheras o huanchaqueras, fue lo que avivó su generosidad. Los aportes bastaron para que el concurso se siguiera organizando de manera normal. La tradición no podía perderse. Y así fue. El Baile del Perol se ha vuelto una tradición trujillana. Una tradición que ha sido bañada por las olas del mar, y que ha quedado cubierta con la espuma blanca del mar de Grau.
Cual elegantes chalanes sobre sus briosos caballos de paso, vestidos de inmaculado blanco, así empezaron los caballeros trujillanos a imponer la costumbre, cosa que siguieron, de muy buen grado, las damas. Hombres y mujeres tenían que asistir al Baile del Perol ataviados de blanco, excepción hecha de algunas prendas, como los zapatos y las correas, en los caballeros. Y esta tradición se mantiene y se ha impuesto, y año a año, las antiguas y las nuevas generaciones de trujillanos que asisten al tradicional Club Libertad, enclavado en el corazón de la Trujillo, a disfrutar de la fiesta más renombrada de la ciudad, cubren las instalaciones de un blanco magnífico, que nos lleva a pensar en la espuma del mar de Huanchaco y en las nubes que, en poca cantidad y de vez en cuando cubren el cielo celeste de la Capital de la Eterna Primavera.
posted by Julio Cruz Merino